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Actualizada: 26 de Julio de 2.011.  

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  La mujer republicana


 Las Milicianas en la Guerra Civil Española


  Por Eduardo Palomar Baró.


 



En el año 1930 la población activa femenina en España era del 24% sobre el total. El 80% de estas mujeres eran solteras y viudas. Cuando el marido moría la mujer se veía obligada a trabajar para sacar adelante a sus familias, porque no existía ningún tipo de pensión de viudedad. Por otra parte las mujeres casadas se encontraban con más dificultades: había leyes que dificultaban su acceso al trabajo, necesitaban tener permiso del marido para poder trabajar, no podían disponer libremente de su salario, y si el marido se oponía a que la mujer cobrase el salario, lo podía cobrar él directamente, e incluso si se separaban judicialmente el marido seguía teniendo el derecho a cobrar el salario de la mujer. Dos tercios de las mujeres asalariadas eran trabajadoras temporales, o estaban en el servicio doméstico (que carecía de todo tipo de derechos laborales), y el otro tercio restante eran obreras cualificadas, fundamentalmente en el sector del textil y vestido (82%). En cuanto a derechos laborales, la legislación existente en ese momento concedía muy pocos derechos a las mujeres.

La llegada de la II República en 1931 trajo enormes esperanzas para los trabajadores y campesinos de este país, y de hecho en el terreno social se dieron pasos adelante, especialmente para las mujeres. En la Constitución de 1931 se reconoció el derecho al voto de la mujer y el derecho a ser elegidas para cualquier cargo público. En 1932 se aprueban la Ley de Matrimonio Civil y la Ley del Divorcio, en ese momento la más progresista de Europa, ya que reconocía el divorcio por mutuo acuerdo y el derecho de la mujer a tener la patria potestad de los hijos.

En 1936 el Gobierno de la Generalitat de Catalunya despenalizó y legalizó el aborto, mediante un decreto firmado por Josep Tarradellas i Juan. En el terreno laboral se dieron algunos pasos adelante para todos los trabajadores, pero a pesar de todo, las condiciones laborales siguieron siendo duras para los trabajadores, y para la inmensa mayoría de las mujeres trabajadoras no supuso una gran mejora.

El tercio que trabajaba en el sector doméstico quedó excluido de la jornada de 8 horas, no tenía derecho a las prestaciones de los seguros sociales, no tenía subsidio de paro, ni de maternidad, ni eran beneficiarias de la Ley de Accidentes de Trabajo.

Otro problema constante era la discriminación salarial que sufrían las mujeres ya que en ningún caso, el salario máximo de una trabajadora alcanzaba el mínimo de lo que cobraba un trabajador por el mismo trabajo. A pesar de todo, sí que se consiguieron derechos importantes para las trabajadoras con hijos, por ejemplo la Ley de Maternidad, que regulaba por primera vez el período de lactancia, el tiempo de baja por maternidad, etc.

A pesar de sus derechos políticos fueron muy pocas las mujeres que se incorporaron de lleno al mundo de la política. La concesión del voto impulsó un cierto reajuste ideológico respecto al papel político de la mujer y éste condujo al reconocimiento social de su intervención en la política.

Fue aumentando la participación femenina en los sindicatos y partidos obreros. Hasta 1930 su afiliación estaba centrada en los sindicatos católicos, pero poco a poco los sindicatos obreros comenzaron a comprender la necesidad de incorporar a la mujer a sus filas de manera que se promovieron numerosas secciones femeninas de partidos políticos pero que siempre estaban subordinadas a las estructuras del partido.  Durante la guerra civil se produce la mayor afiliación femenina a las organizaciones obreras.

 

 

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Mujeres Libres era una organización de la CNT-FAI. Surgió al principio como portavoz de un pequeño grupo de militantes anarquistas, con el único propósito de sacar un periódico y distribuirlo dentro del movimiento ácrata. En mayo de 1936 contaba sólo con 500 afiliadas, pero según iba avanzando la guerra y la revolución fueron creciendo rápidamente y se convirtieron en una de las organizaciones más importantes, llegando a contar con 30.000 afiliadas en 1938. Sus objetivos eran facilitar a la mujer los medios prácticos para que ésta pudiese incorporarse a la producción, creando para ello guarderías, comedores... que facilitaban las tareas de las mujeres, al mismo tiempo que proporcionaban formación técnica y profesional.

La organización femenina más importante en estos años fue la “Unión de Mujeres Antifascistas”. Surgió en 1933 como sección española de “Mujeres contra la Guerra y el Fascismo”, creada por la Internacional Comunista tras el triunfo de Hitler en Alemania. Comenzaron a tener fuerza en 1934, y tras los acontecimientos de Octubre fue prohibida, aunque siguió existiendo con el nombre de “Pro Infancia Obrera”, dedicada a ayudar a las mujeres e hijos de los mineros muertos o encarcelados en Asturias tras la insurrección. En 1936 pasó a denominarse UMA, y se fortalece notablemente cuando el gobierno republicano declara la “Comisión de Auxilio Femenino”, organización subsidiaria de la UMA, organismo encargado de la organización del trabajo de la mujer en la retaguardia, dependiendo directamente del Ministerio de Guerra.

Aunque su militancia era heterogénea, un 80% eran militantes de la UGT, un 16% del PCE y un 4% de la CNT, su política estuvo dirigida en todo momento por el PCE y las Juventudes Socialistas Unificadas, que controlaban el 35% de los comités. En este período su presidenta fue Dolores Ibárruri.

En julio de 1936 tenían ya 50.000 afiliadas, pero en vez de incorporar a las mujeres a la revolución que estaba en marcha, y concienciarlas de que su emancipación sólo se podría llevar adelante liberando al conjunto de la clase obrera en lucha por la transformación de la sociedad, basaron su política en limitar la acción de la mujer a un respaldo constante a las decisiones del gobierno del Frente Popular. Esto se tradujo en la aceptación de la desaparición de la incorporación de la mujer como combatiente.

La UMA y el PCE se opusieron a que la mujer luchase en el frente, defendiendo que el papel de la mujer en la lucha contra el fascismo se limitase a las tareas de la retaguardia, haciendo labores de cocina, lavandería, enfermería, producción. La postura del POUM era distinta: incorporar a las mujeres al frente, no sólo en labores de enfermería a través del Socorro Rojo, sino como soldados para lo cual daban cursillos de entrenamiento militar, además de otras tareas dedicadas al abastecimiento en tiempo de guerra.

Cuando Largo Caballero, Ministro de Guerra en el gobierno del Frente Popular, apoyado por el PCE, y más tarde por los anarquistas, decretó la prohibición de que las mujeres luchasen en el frente y que su labor se limitase a realizar las tareas domésticas dentro de los batallones, produjo una enorme decepción y frustración entre miles de ellas, que iban al frente reivindicando la igualdad. Los trabajadores se opusieron a esto y tuvieron que intervenir las direcciones de los sindicatos para poner fin a la situación de descontento que se estaba creando en el frente.

 

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El fracasado alzamiento de julio de 1936 catapultó a las mujeres de la España republicana hacia nuevas actividades en el mundo político y social. Si bien las reformas emprendidas tras la proclamación de la República eliminaron parte de las trabas que el colectivo femenino debía superar para obtener igualdad de derechos, fue la guerra civil la que le otorgó un nuevo papel dentro de la sociedad, actuando de catalizador de la movilización femenina.

En el verano de 1936 la figura heroica de la miliciana se convirtió rápidamente en el símbolo de la movilización del pueblo contra el fascismo. En los carteles de guerra predominaban las imágenes de heroínas combatientes enfundadas en sus monos azules como representación del sentir obrero de un pueblo enfrascado en una lucha por la  libertad.  Evidentemente estas imágenes rompían con la tradicional subordinación de la mujer y les reivindicaba portadoras del derecho a la igualdad de condición.

Durante las primeras semanas de guerra, aunque la mayoría de mujeres coincidieron en canalizar su energía al esfuerzo bélico en la retaguardia, otras se unieron a sus compañeros varones y se enrolaron en la milicia, dirigiéndose a los frentes de Aragón, Guadalajara, País Vasco, de la sierra madrileña etc. Su decisión de participar en el combate armado venía motivada por el deseo de defender los derechos políticos y sociales que habían adquirido durante la Segunda República y a demostrar su repulsa al fascismo. Lo cual supuso que las milicias obreras fuera el segundo ejército del mundo que incorporó a la mujer, tras haberlo hecho el ruso por primera vez en 1917.

Las primeras mujeres que se incorporaron al combate fueron las militantes anarquistas, las de UGT y las del POUM que se unieron de manera espontánea durante los primeros días de la guerra.

Fue el momento de famosas milicianas como Lina Odena, Rosario Sánchez “La Dinamitera”, la vasca Casilda Méndez, Concha Pérez Collado, María Martínez Sorroche, Libertad Ródenas, Julia Manzanal Pérez “Comandante chico”, Margarita Fuente y muchas más. No obstante, incluso en los frentes, existía un marcado grado de división sexual del trabajo, ya que normalmente las mujeres realizaban las labores de cocina, de lavandería, sanitarias, correo, de enlace etc., si bien es cierto que muchas lucharon como soldados emprendiendo a menudo acciones de combate.

Pero también las diferentes fuerzas políticas lanzaron constantemente llamadas de cara a su movilización; así oradoras como Dolores Ibárruri “La Pasionaria” (PCE), Federica Montseny (CNT-FAI) o las jóvenes Teresa Pàmies y Aurora Arnáiz (JSU) se dirigieron a las mujeres para que se incorporaran a la lucha antifascista.

Las milicianas se convirtieron en un referente para las organizaciones de izquierdas de muchos países europeos antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial y aunque las mujeres no permanecieron en los frentes de combate más que unos meses, fueron un gran paso a favor de la lucha de género en España y en el resto del mundo: la imagen y la representación de las mujeres adquirieron dimensiones nuevas.

Por un lado, el bando republicano presentó la imagen innovadora de la miliciana guapa y joven, que, vestida de mono y cargando un fusil, marchaba con paso decidido hacia los frentes de guerra. Junto a esta imagen también se representaba a la mujer victima del fascismo, la madre, defensora de sus hijos que reclama desconsolada por la pérdida de los suyos instando a la participación en la lucha.

Gran parte de las mujeres que entraron en las milicias eran jóvenes de alrededor de dieciséis años de edad, reclutadas en muchos casos por organizaciones comunistas y anarquistas.

Las motivaciones que las llevaron a combatir fueron diversas: por convicciones propias, o bien por vengar la muerte de algún familiar. Fueron al frente acompañadas de sus amigos, maridos o novios. Se han llegado a documentar casos incluso de madres que llegaron a acompañar a sus hijos a los frentes de batalla.

Hubo milicianas entre las fuerzas que hicieron frente a las tropas nacionales que atacaron Madrid en noviembre de 1936, en el frente de Segovia, en Cataluña, y en agosto de 1936 se creó un batallón femenino, el cual fue enviado junto a otras tropas para defender Mallorca. También en Asturias existió un pequeño grupo de milicianas.

En los primeros meses de la guerra también se produjo una espectacular movilización de miles de mujeres que participaron en la fortificación de barricadas, en el cuidado de los heridos, en la organización de asistencia en la retaguardia, en la realización de servicios auxiliares de la guerra, en la formación cultural y profesional, en la organización de talleres de costura, como también en el trabajo en los transportes o en las fabricas de municiones.

Así pues, la contribución clave de las mujeres a la lucha antifascista se realizó en la retaguardia, la consigna acatada por las organizaciones femeninas fue “Hombres al frente. Mujeres al trabajo”. La retórica utilizada incluso fue militarizada y se habló de la incorporación de las mujeres a las “trincheras de producción”, en “brigadas de trabajo” para constituir la “vanguardia de la producción”. Por tanto las mujeres representaron una reserva de mano de obra que permitió el mantenimiento de la producción.

Hubo frecuentes quejas por parte de las mujeres antifascistas así como de las mujeres anarquistas, por la falta de colaboración y la hostilidad masculina con que los hombres recibieron su incorporación a oficios calificados y a puestos de trabajo asalariado desempeñados hasta entonces por hombres. Así que aunque muchas milicianas quisieron romper con las tradicionales asignaciones de tareas domésticas, las diferencias de género estuvieron presentes.

La figura de la miliciana fue uno de los símbolos de la lucha contra los militares sublevados durante los primeros meses del conflicto. Pero a partir de octubre de 1936 el panorama comenzó a cambiar.

Largo Caballero llevó a cabo una serie de disposiciones militares para retirar a las mujeres del frente y trasladarlas a la retaguardia. Se produjo un cambio radical, se pasó de glorificar a las mujeres combatientes a ridiculizarlas y desacreditarlas. Los sindicatos, los partidos políticos, e incluso las organizaciones femeninas coincidieron en la necesidad de obligar a las mujeres a trasladarse a la retaguardia.

En diciembre de 1936 los voluntarios extranjeros fueron avisados de que no se admitirían a las mujeres en las milicias. Sólo unas pocas milicianas continuaron combatiendo hasta bien entrado 1937

Para justificar la retirada de las milicianas del frente, se utilizaron diversos argumentos como la falta de preparación de las mujeres, su efectividad en la retaguardia en el desempeño de otras tareas.

Pero quizás, uno de los argumentos más importantes que se utilizaron para retirar a las milicianas fue la vinculación de su figura con la de la prostituta. Esta opinión se comenzó a extender desde el otoño de 1936 y se generalizó desde el otoño de 1937. Se extendió la opinión popular de que estas mujeres provocaban enfermedades venéreas entre los soldados.

En 1937 los comunistas logran crear un ejército regular, esto conllevó la progresiva eliminación de las milicias y con ella la presencia de las mujeres que todavía permanecían en el frente. La militarización de las tropas del bando republicano no contempló en ningún momento la presencia de mujeres.

La figura de la miliciana pasó por dos etapas fundamentales. Primero la de mitificación, llevada a cabo principalmente por los dirigentes de la República y después la de desprestigio.

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Las milicianas fueron un gran referente para las distintas organizaciones izquierdistas de toda Europa justo antes de la Segunda Guerra Mundial. Las milicias no tenían un orden concreto y jerárquico como el del ejército y no respondían a líderes. Por ello era más fácil la entrada de mujeres, que fueron reclutadas por distintas organizaciones de comunistas o anarquistas cuando aún eran jóvenes. La España republicana utilizó a las milicianas inicialmente como un instrumento de propaganda calificándolas como “Heroínas de la patria” y representándolas en diversos carteles. El objetivo era convencer a los hombres para que combatieran imitando el patrón de sus compatriotas mujeres.

 

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En el momento en que se dejó de considerar a las milicianas como un arma necesaria empezaron a desmitificarlas y a dejarlas apartadas en la retaguardia, con frases como “Hombres al frente, mujeres a la retaguardia”. Inicialmente este traspaso del frente a la retaguardia mantuvo el concepto de “heroína”, pero que ahora trabajaba en segundo plano, aunque con el mismo fin. Más tarde este concepto de heroína desapareció y empezó la desmitificación. Para poder argumentar que las milicianas se retiraran del frente se expusieron motivos como que estaban poco preparadas o que eran muy efectivas en la retaguardia, curando heridos, llevando comida, etc. Pero especialmente, el motivo que desprestigió a las milicianas fue su vinculación a la representación de la prostituta. Se promulgó el rumor de que transmitían enfermedades venéreas entre los combatientes del frente. Es cierto que algunas mujeres que combatían fueron anteriormente prostitutas pero la generalización fue excesiva ya que también hubo mujeres que fueron importantes combatientes y la desmitificación de las mismas fue demasiado repentina.

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Paulina Odena García, conocida como Lina Odena, nació en Barcelona el 22 de enero de 1911. Los padres, José María y María Dolores regentaban una sastrería en el Pasaje Luis Pellicer en el barrio barcelonés del Ensanche. Desde muy joven, ayudó a sus padres en el negocio, y se sintió atraída por las ideas comunistas, ingresando en el PCE. Esto la llevó a conflictos con su familia y pronto se independizó.

En julio de 1931 formó parte de una delegación de jóvenes catalanes que fueron a la URSS y estuvieron allí algo más de un año estudiando en la Escuela Marxista-Leninista de Moscú, obteniendo la formación necesaria para desempeñar futuros cargos.

Al regresar a España, pasó a formar parte de las Juventudes Comunistas de Cataluña del recién creado Partido Comunista de Cataluña (PCC). Su gran capacidad e inteligencia le permitieron ser nombrada en febrero de 1933 secretaria general de las Juventudes Comunistas de Cataluña, y ese mismo año fue candidata al Parlamento de la República.

Al estallar en Cataluña la Revolución de octubre de 1934, tomó las armas y participó activamente en combates que tuvieron lugar en la carretera de la Rabassada, en San Cugat y otras localidades. Al fracasar la sublevación pasó a la clandestinidad y entró a formar parte del Socorro Rojo Internacional. La policía la detuvo en agosto de 1935, aunque fue pronto liberada.

Ese mismo año formó parte de la delegación española que acudió al IV Congreso de la Internacional Juvenil Comunista (IJC) que tuvo lugar en Copenhague, Dinamarca. Este Congreso tuvo gran importancia pues en él se decidió que las juventudes comunistas debían unificarse con las juventudes de otros partidos revolucionarios, para ganar fuerza.

Posteriormente, y en unos meses especialmente convulsos en la historia de España, Lina fue reclamada a Madrid por la dirección del PCE. Las elecciones convocadas para febrero de 1936 movilizaron por primera vez a toda la izquierda, unida en un frente común contra los sectores reaccionarios y eclesiales: el Frente Popular. Durante la campaña Lina acompañó a Dolores Ibárruri “La Pasionaria” en los mítines que esta dio por toda la geografía española. Después de las elecciones que dieron el triunfo al Frente Popular, Lina participó en las conversaciones que terminaron de unificar a las juventudes marxistas de Cataluña, dando lugar en abril a la Unió de Juventuts Socialistas de Catalunya (UJSC)

Al iniciarse la Guerra Civil Española en julio de 1936, Lina estaba por casualidad en Almería donde tenía lugar un Congreso Provincial. Sin pensárselo dos veces, Lina tomó las armas y participó de nuevo en varios combates. En esos combates jugaron un papel decisivo a favor de la República dos compañías de aviación huidas de Granada, y estas nombraron a Lina su representante en el Comité Local. Como símbolo de este cargo Lina lució sobre su mono de miliciana, las alas de la aviación, y las llevó hasta su muerte.

La columna de la que Lina formaba parte constituida por milicianos junto con antiguos soldados de aviación procedentes de Almería, fue asignada a la toma de Guadix, y más tarde de Motril. En este tiempo también realizó breves viajes a Madrid y Barcelona para reunir armas, regresando inmediatamente al frente. El 15 de agosto, en Motril, en el Camino de las Cañas, vació el cargador de su pistola sobre la cabeza del cura Manuel Vázquez Alfaya.

El 14 de septiembre de 1936, junto al Pantano de Cubillas, cerca de Granada, el chofer que conducía el coche en el que iba Lina se equivocó en un cruce y fue a dar directamente a un control de los falangistas. Viéndose rodeada, Lina sin dudarlo dos veces sacó su revólver y se suicidó. En 1937 el gobierno comunista de Villena (Alicante) cambió el nombre de la Colonia de Santa Eulalia por el de Colonia de Lina Odena, aunque el cambio fue revertido en 1940 por el ayuntamiento franquista.

 

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Concha Pérez nació en Barcelona el 17 de octubre de 1915, en el barrio Les Corts. Fue la tercera de seis hermanos, hijos de dos madres diferentes. Su padre, Juan Pérez Güell, enviudó de su primera mujer por una tuberculosis, cuando Concha tenía apenas 2 años, y se volvió a casar con la hermana de su ex mujer, Librada Collado.

Concha vive una infancia feliz. No asiste muy a menudo al colegio por las dificultades económicas de su familia, incapaz de hacer frente a la continuidad de gastos para la educación de los hijos, y a causa de su escaso empeño en los estudios.

Su padre es anarquista. Ni su primera ni su segunda mujer participan activamente en el movimiento libertario, pero hacen grandes sacrificios para sacar adelante a la familia en las épocas en las que Juan Pérez paga el precio de su militancia política en la prisión. Concha sobre todo recuerda los días con Librada, divididos en dos tiempos: el que pasaba en la fábrica, en un taller donde se trabajaba el vidrio, y entre las paredes del hogar. No se puede decir lo mismo sobre el padre y el hermano de Concha. Ellos también trabajaban como obreros, pero disponían del tiempo para militar políticamente y dedicarse a la lectura.

Con 16 años, Concha Pérez comienza su militancia en el movimiento libertario, cuando, recién proclamada la República, sin titubeos abandona el taller en el que estaba trabajando entonces, como operaria en la producción de sobres de papel y se suma a la masa de manifestantes.

A partir de este momento participará activamente en las actividades del Ateneo Libertario Faros hasta 1935, cuando entra en el Ateneo Agrupación Humanidad, en el que se queda hasta el inicio de la guerra civil en 1936.

La formación de Concha se debe a los ateneos, donde lee y debate con los compañeros los escritos de los grandes pensadores del movimiento anarquista y participa en varias actividades recreativas y culturales.

En 1931 trabaja como operaria en un taller de artes gráficas e ingresa como delegada en el comité de su sector dentro de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Sus mismos compañeros la eligen como sindicalista y es la única mujer que participa asiduamente en las reuniones. En 1932 entra en la Federación Anarquista Ibérica (FAI).

Los grupos libertarios son mayoritariamente masculinos: Concha se acostumbra desde el principio de su militancia a compartir los ideales y el tiempo libre con hombres.

El movimiento anarquista discute y critica el modelo patriarcal de relación entre hombres y mujeres, y propone como alternativa el amor libre.

En 1933 es detenida por llevar una pistola. La lleva escondida en el pecho para ayudar a un compañero de la FAI, propietario del arma, y que se encontraba junto a ella en un piquete delante de una fábrica. Pasa cinco meses en la Cárcel Modelo de Barcelona.

En 1935, abandona la casa materna por divergencias con sus familiares, a quienes reclama una distribución más justa del trabajo doméstico entre los miembros del núcleo. Por eso decide trasladarse a un piso cercano a la escuela racionalista “Eliseo Reclus”, gestionada por Félix Carrasquer y por sus hermanos.

De 1935 a 1936 el grupo de la FAI en el que participa, bajo la influencia del pensamiento de Juan García Oliver, advierte la inminencia y la necesidad de la revolución. Por eso Concha forma parte de unas acciones promovidas por el mismo García Oliver, con el objetivo de recibir adiestramiento militar en vista del levantamiento popular.

En marzo de 1936 Concha cambia de trabajo y encuentra empleo como operaria en una carpintería de madera.

Pocos día antes del Alzamiento, Concha entra en el Comité Revolucionario del barrio de Les Corts. El Comité prepara en el bar “Los Federales” una especie de cuartel general y de enfermería: se construyen también las primeras barricadas y se equipan los camiones que se utilizarán para llegar a los campos de batalla.

En los primeros días de la guerra Concha participa en el asalto al Cuartel de Pedralbes y en la toma de un convento de monjas. A principios de agosto de 1936 se constituye un grupo armado con el nombre “Los Aguiluchos de Les Corts”. De los cien soldados voluntarios que lo componen, sólo siete son mujeres.

El grupo se dirige hacia Caspe (Zaragoza, capital de la comarca del Bajo Aragón-Caspe) y en un segundo momento hacia La Zaida (Zaragoza, en la comarca de la Ribera Baja del Ebro); aquí, después de algunos días haciendo turnos de vigilancia, llega la orden de atacar Belchite. Concha participa en una expedición de reconocimiento sin mucho éxito: no se identifica la posición del enemigo y además los milicianos se quedan expuestos a los tiroteos de los nacionales.

Se queda otros meses en el frente, hasta recibir su primer permiso, que aprovecha para alistarse como trabajadora voluntaria en el Hospital de Maternidad de Barcelona. Seguidamente, regresa al frente de Almudévar (Huesca), donde le encomiendan mantener turnos de guardia.

Consciente de la necesidad de mano de obra en las fábricas de Barcelona, decide volver a la ciudad, donde encuentra trabajo como obrera en una fábrica de producción de armamentos.

El 3 de mayo de 1937, en los tristemente famosos “Hechos de Mayo” se ofrece voluntaria para dar una ronda de reconocimiento en la zona de la Plaza de Cataluña. Le acompañan dos compañeros de la fábrica. En el intento de acercarse a la Plaza de Cataluña, Concha acaba levemente herida.

Después de los “Hechos de Mayo”, el entusiasmo por la revolución se va esfumando y los conflictos entre los partidos y los movimientos debilitan la resistencia antifascista. Concha, cansada por los ritmos frenéticos del trabajo en la fábrica de armamentos y la continua participación en las reuniones del Comité Revolucionario, decide pasar un breve período de reposo fuera de la ciudad, en casa de unos conocidos. Vuelve a Barcelona, en una noche quema los documentos que habrían comprobado su militancia en el movimiento libertario, y en vista que la derrota de los suyos estaba a punto de consumarse, el 26 de diciembre de 1938 abandona la ciudad y se dirige con otros compañeros hacia el Norte. Cruzada la frontera, las autoridades franceses suben a los prófugos en un tren que los llevará hasta Liévin, comuna francesa en el departamento de Paso de Calais; nueve meses más tarde, poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, los refugiados son trasladados al campo de concentración de Argelès-sur-Mer, en el departamento de Pirineos Orientales.

Rosario, compañera y vieja amiga de Concha, es designada como responsable de las prófugas del campo, que llegará a acoger a 3.000 mujeres. Concha será su ayudante. Sus tareas estarán relacionadas con el reparto de víveres y bienes de primera necesidad. Los refugiados no pueden abandonar el campo y están vigilados por soldados senegaleses. Una noche, mientras Rosario entretiene a los soldados dándoles conversación, entra en el campo el compañero de Concha, Robles.

Después de haber vivido una relación nacida de la militancia en el movimiento libertario y llevada adelante durante algunos años, la pareja opta por separarse. Concha aspira a una relación igualitaria, pero siente que con Robles debe ser ella la que cargue con el peso de las decisiones.

Pasan otros nueve meses y Concha abandona el campo gracias a una amiga de Marsella, Fifí. Por una temporada encuentra amparo en su casa, pero pronto decide pasar a vivir a un castillo equipado por la Embajada mexicana para la acogida de los refugiados. Aquí trabaja como enfermera voluntaria y conoce al médico del campo, un joven de Madrid, Isidoro Alonso, que será su nueva pareja.

Cuando los campos de refugiados son cerrados, ambos se dirigen hacia los Alpes franceses, donde Isidoro encuentra un empleo en una fábrica. En estos meses Concha queda embarazada y, al mismo tiempo, comprende que la relación no tendrá futuro y decide volver a España. Una de las causas de la separación de Isidoro es la diferencia ideológica: ella es anarquista y él socialista.

Se queda por un tiempo en Marsella en una casa-familia para refugiados y allí nacerá su único hijo, Ramón. Gracias a la ayuda de algunos amigos consigue cruzar la frontera de forma legal junto a su hijo, haciéndose pasar por una madre enferma. Concha vuelve a Barcelona en septiembre de 1942. Los primeros tiempos son difíciles: su familia ha perdido la casa en la que había vivido siempre. Su madre, sus hermanas y el pequeño Ramón viven en una sola habitación; su padre se quedará exiliado en Francia hasta el final del Régimen de Franco.

El hambre aprieta a la familia. Concha toma la terrible, y necesaria, decisión de dejar a su hijo en acogida en el orfanato al no tener medios económicos suficientes para sustentar al niño. Después de un año de sacrificios, consigue alquilar una habitación y se separa de su madre y de sus hermanas. Una familia de origen judío para la que trabajaba como empleada doméstica le ayuda a demostrar ante las instituciones oficiales que cobra una renta adecuada para el sustento de su hijo, aunque en realidad no contaba con los ingresos necesarios. Pero de esta forma recupera la custodia de Ramón.

Concha abandona su empleo con la familia judía y vuelve a trabajar en una fábrica, esta vez de cosméticos. Un día por casualidad vuelve a encontrarse con un antiguo compañero del Ateneo Faros, Maurici Palau, que había pasado cuatro años en prisión por combatir en el bando republicano durante la guerra. Al salir de la cárcel había encontrado un empleo en una fábrica metalúrgica. Después de este afortunado reencuentro, Concha y Maurici empiezan una relación que durará 30 años. Ambos estaban cansados del trabajo por cuenta ajena y deciden comprar un puesto en el mercado de San Antonio, en el barrio homónimo, y por algunos años se dedican a vender calzoncillos que hacían ellos mismos. Seguidamente venderán bisutería producida por unos amigos artesanos. En los años del régimen franquista el puesto sirve como lugar de encuentro entre compañeros anarquistas. Por unos años Concha y Maurici comparten un piso muy grande en el barrio del Raval junto con otras familias, antes de quedarse como únicos arrendatarios del piso.

Después de la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975, al mes siguiente surgen las primeras asociaciones de vecinos y Concha participa en el comité organizativo de las actividades culturales del barrio del Raval. En 1976 se celebra una gran asamblea para volver a fundar los sindicatos de la CNT. Concha, junto con otros compañeros, constituye el sindicato de Comercio, que empezará sus actividades con 10 afiliados y que luego se aproximaría al centenar.

En 1997 forma parte de las fundadoras de la asociación “Mujeres del 36”. Patrocinada por el Ayuntamiento de Barcelona, reúne algunas mujeres que a lo largo de la Guerra Civil habían tomado parte en la ciudad en movimientos políticos y sociales de izquierdas. La asociación tiene como objetivo difundir las experiencias de estas militantes. “Mujeres del 36” organiza conferencias y clases, sobre todo en los institutos, en las que las testigos de la Guerra Civil cuentan lo que ha sido su lucha para combatir el fascismo.

Concha a sus 95 años de edad, vive en la Residencia Bertrán Oriola que la Generalitat tiene en la Barceloneta de la Ciudad Condal.

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Rosario Sánchez Mora, conocida como “La Dinamitera” nació en Villarejo de Salvanés (Madrid) el 21 de abril de 1919. Su padre, Andrés Sánchez, tenía un taller donde se fabricaban carros, galeras y aperos de labranza y su madre murió años antes del estallido de la guerra civil.

Rosario vivió en Villarejo de Salvanés hasta los 16 años en que se fue a Madrid, a casa de unos amigos que la habían cuidado cuando murió su madre.

A su llegada a Madrid se hizo militante comunista y trabajaba como aprendiz de corte y confección en un Círculo Cultural de las Juventudes Socialistas Unificadas en la capital madrileña, cuando estalló la contienda nacional.

Con diecisiete años se incorporó a las Milicias Obreras del Quinto Regimiento, denominado “El Campesino” y liderado por Valentín González, que partieron el 19 de julio de 1936 hacia Somosierra para intentar detener a las tropas del general Mola. Rosario, como cualquier chica de su edad, no conocía nada de instrucción militar ni de artillería. Con las milicianas republicanas, entre ellas Angelita Martínez, Consuelo Martín, Margarita Fuente y Lina Odena, participaron por primera vez en el frente y armadas, lejos de las tareas clásicas de auxiliares y enfermeras de la mujer en la guerra. Tras dos semanas de enfrentamientos, en las que lograron contener a los nacionales, la guerra en la sierra dejó de ser una batalla abierta para convertirse en una batalla de posiciones y fue destinada a la sección de dinamiteros, fabricando bombas de mano caseras. Allí, manipulando dinamita, perdió la mano derecha al estallarle un cartucho, acto cantado por Miguel Hernández en el poema Rosario, dinamitera. Herida de gravedad, la operaron en el hospital de sangre de la Cruz Roja en La Cabrera, donde consiguieron salvarle la vida.

Tras su salida del hospital, se reincorporó a la división, como encargada de la centralita del Estado Mayor Republicano en la Ciudad Lineal de Madrid. Fue allí donde Rosario conoció a Miguel Hernández, Vicente Aleixandre y Antonio Aparicio, poetas al servicio de la causa republicana.

Había transcurrido un año de guerra cuando se le presentó la ocasión de volver al frente. La 10ª Brigada Mixta de “El Campesino” se había convertido en la 46ª División, con más de doce mil hombres a sus órdenes y que en el verano de 1937 intervino en una ofensiva hacia Brunete para intentar atrapar en una bolsa a las fuerzas nacionales que sitiaban Madrid desde el suroeste. El ataque fue de tal magnitud que el pueblo claudicó en apenas unas horas, aunque las pequeñas guarniciones de Quijorna y Villanueva del Pardillo resistieron la acometida. Rosario fue elegida para convertirse en jefa de cartería de su división, con la categoría de sargento, encargada de ser el nexo de unión con el Estado Mayor en la capital y de llevar la correspondencia de los soldados.

Desempeñó esta labor hasta el fin de la batalla de Brunete el 25 de julio de 1937, que con la derrota del lado republicano, las tropas del “Regimiento Campesino” huyeron a Alcalá de Henares. Allí, el 12 de septiembre de 1937, contrajo matrimonio civil con Francisco Burcet Lucini, sargento de la Sección de Muleros del Regimiento, quedándose embarazada poco después. El 21 de enero de 1938, su marido partió rumbo a Teruel con los hombres de la 46ª División para relevar a los de la 11ª, que habían participado en la toma de la ciudad, la primera capital de provincia que las tropas republicanas conseguían conquistar desde el inicio de la guerra. Rosario mientras tanto comenzó a trabajar en la oficina que Dolores Ibárruri “La Pasionaria”, había organizado en el nº 5 de la calle de Zurbano de Madrid, para reclutar mujeres que cubrieran los puestos de trabajo que los hombres dejaban libres cuando marchaban al frente. Trabajó allí hasta que dio a luz a su hija Elena.

Tras la batalla del Ebro, que supuso el desequilibrio de la balanza entre tropas frentepopulistas y nacionales, dejó de recibir correspondencia de su marido, y Rosario no supo si éste había muerto, había logrado escapar a Francia o era uno de los miles de prisioneros que hicieron los nacionales en su avance.

Al finalizar la guerra civil Rosario intentó escapar por Alicante con su padre, dejando a su hija con la segunda mujer de éste. Allí fueron capturados, con otros 15.000 republicanos que esperaban exiliarse a bordo de barcos de la Sociedad de Naciones que nunca llegaron a puerto. Fueron conducidos al campo de los Almendros, donde fusilaron a Andrés Sánchez. Rosario fue liberada y trasladada semanas después a Madrid, donde fue detenida de nuevo por vecinos falangistas de su pueblo, que la encarcelaron en la prisión de Villarejo y después en la de Getafe, mientras se le incoaba un procedimiento sumarísimo de urgencia. La petición fiscal de muerte fue conmutada por 30 años de reclusión por un delito de adhesión a la rebelión.

Fue trasladada a la prisión de Ventas y siguió un periplo carcelario por las prisiones de Durango, Orúe y, finalmente, la de Saturrarán. El 28 de marzo de 1942, tras sufrir tres años de encierro y todo tipo de calamidades, fue puesta en libertad gracias a los beneficios penitenciarios que el régimen franquista decretaba periódicamente. Precisamente ese mismo día en que fue liberada moría Miguel Hernández en la prisión de Alicante.

Fue condenada a permanecer desterrada a más de 200 kilómetros de su pueblo y se instaló en El Bierzo, con una compañera de prisión ya liberada, pero la necesidad de ver a su hija la hizo regresar a Madrid, pese a la prohibición de hacerlo. Su hija estaba al cuidado de su suegra y desde allí comenzaron la búsqueda de su marido, sin noticias desde el fin de la guerra. Por informaciones de familiares supo que su marido había rehecho su vida en Oviedo, una vez que el régimen franquista anuló todos los matrimonios civiles de la República. Rosario volvió a casarse y tuvo otra hija, pero se separó al cabo de dos años. Para ganarse la vida comenzó a vender tabaco americano de contrabando en la plaza de Cibeles. Posteriormente montó un estanco en Madrid.

Rosario falleció el 17 de abril de 2008. Durante el sepelio estuvo acompañada de la bandera tricolor y personalidades destacadas de la política como Gaspar Llamazares y Paco Frutos, secretario general del PCE.

 

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Fue escrito por Miguel Hernández alrededor de 1937 y está basado en la experiencia de Rosario Sánchez en el frente:

Rosario, dinamitera

Rosario, dinamitera,

sobre tu mano bonita

celaba la dinamita

sus atributos de fiera.

Nadie al mirarla creyera

que había en su corazón

una desesperación,

de cristales, de metralla

ansiosa de una batalla,

sedienta de una explosión.

Era tu mano derecha,

capaz de fundir leones,

la flor de las municiones

y el anhelo de la mecha.

Rosario, buena cosecha,

alta como un campanario

sembrabas al adversario

de dinamita furiosa

y era tu mano una rosa

enfurecida, Rosario.

 

Buitrago ha sido testigo

de la condición de rayo

de las hazañas que callo

y de la mano que digo.

¡Bien conoció el enemigo

la mano de esta doncella,

que hoy no es mano porque de ella,

que ni un solo dedo agita,

se prendó la dinamita

y la convirtió en estrella!

 

Rosario, dinamitera,

puedes ser varón y eres

la nata de las mujeres,

la espuma de la trinchera.

Digna como una bandera

de triunfos y resplandores,

dinamiteros pastores,

vedla agitando su aliento

y dad las bombas al viento

del alma de los traidores.

 

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Huérfana a los cuatro años de su padre Juan Martínez Cano, nació el 9 de octubre de 1914 en Las Menas, una aldea minera del pueblo de Serón en la provincia de Almería. Pasó allí toda su infancia.

En 1924, las circunstancias hicieron que su madre Ángeles Sorroche Pozo, le llevara a la abuela “la Mamachón” y a sus cuatro hermanos y hermanas a un primer exilio a la periferia de Lyon en Villeurbanne y Vaulx en Velin.

A los diez años empezó a trabajar en una gran fábrica de seda artificial en esta última ciudad. Tenía que subir sobre una bobina para alcanzar los mandos de su máquina. Allí aprendió la lengua francesa.

A los doce años, fue la vuelta a Cataluña donde la familia se instaló, en el barrio de Sants en Barcelona.

Hasta 1932 trabajaba en la fábrica “La Seda de Barcelona” en Prat de Llobregat, cuando estalló una dura huelga. Participó en el comité de huelga, y la huelga la llevó al sindicato CNT y a las ideas libertarias, las ideas a la revolución social porque la guerra civil ya estaba en marcha. El 19 de julio de 1936 participó en la toma del cuartel de Pedralbes ocupado por los soldados rebeldes.

En agosto de 1936 se fue como miliciana y voluntaria al frente de Aragón en la columna “Los Aguiluchos” y participó en los combates del cementerio de Huesca contra los nacionales.

Cuando se organizó un grupo en La Torrassa (Hospitalet de Llobregat), se unió a ellos. Sus compañeros de las Juventudes Libertarias se habían marchado en la columna Durruti hacia Aragón.

Salió María de La Torrassa en un camión, con los compañeros que conocía, entre ellos “El Zaragata” Diego Navarro, un compañero que era uno de los más destacados del barrio.

El destino era Vicien, a 9 Km. al sur de Huesca, donde llegaron al amanecer y allí se concentró toda la columna. En Vicien el día pasó sin que nadie informara de nada, sin saber dónde estaban los frentes, ni comida, ni bebida y la gente empezó a protestar seriamente.

La situación empeoró y todo era pretexto para discutir, hasta tal punto que Juan García Oliver, que estaba al mando de la columna “Los Aguiluchos”, se subió encima de un camión y empezó a hablar: “¿Sois vosotros los revolucionarios, los que queréis luchar por la libertad, y no podéis comprender que se necesita paciencia y organización para poder llegar a la meta que nos hemos fijado?”

Cuando terminó de hablar, todos estaban dispuestos a ir al fin del mundo, sin comer, ni beber y sin armas.

Las armas no abundaban. Habían fusiles provenientes del cuartel de Pedralbes, pistolas y algunas carabinas Winchester.

En Vicien la gente no durmió se agrupó en los camiones recibiendo pan, queso y algunas latas de sardinas.

Al día siguiente empezaron a desplazarse monte arriba entre piedras, hoyos y chaparros, con destino al cementerio de Huesca. Poco antes de llegar a la carretera, empezaron a oír los disparos de una ametralladora. Cuando salieron del monte, vieron una vivienda en la que se encontraban un grupo de jóvenes que habían ido a Barcelona para celebrar los Juegos Olímpicos de los Trabajadores. Éstos eran los que tenían una ametralladora en la ventana y dominaban el cementerio, impidiendo salir a los nacionales. 

Una vez allí, les comunicaron que había una chica joven que manejaba un mortero y un grupo de jóvenes con ella. El mortero provenía del cuartel de San Andrés de Barcelona. Si los rebeldes no salieron del cementerio fue por la valentía de esa mujer, que no solamente luchó sino que además daba ánimos a los hombres.

El grupo de extranjeros estaba compuesto por alemanes, italianos, búlgaros y algunos periodistas. En aquellas primeras escaramuzas no había una orden de combate. Desde luego, lo que impulsaba era el afán de luchar, pero sin mandos y sin experiencia.

El primer día fue bastante tranquilo, con algún que otro tiroteo. Se vigilaba y se esperaba armas y que la gente que organizara.

Pero esto duró poco, al día siguiente empezó el verdadero combate y aumentaron sustancialmente los heridos. Había un enfermero del Hospital Clínico de Barcelona al que ayudó María para socorrer a los heridos leves, brazos, piernas y curas para evitar hemorragias. La chica del mortero y María eran las únicas mujeres en aquel frente.

Al amanecer, siguieron fuertes combates, siendo la situación espantosa.

Según cuenta María: “Seguimos curando, más bien consolando a todos los que nos traían, pero por desgracia había heridos graves a los que una simple cura les servía de poco, sólo para evitar alguna hemorragia grave”. “Me sentía impotente de hacer frente a tanto sufrimiento”.

»Hubo combates fuertes y llegaron heridos de Almudévar: llevaban un coche blindado con lo que se podía en aquel entonces (hojas de metal, de latas). Una bomba les cayó dentro y los hirió gravemente. Nosotros no sabíamos que hacer. Eran quemaduras graves. Cubrimos las más importantes con las pocas gasas que nos quedaban. Entrada la mañana, llegaron camiones y camilleros enfermeros y se evacuó a los heridos. Los primeros fueron los quemados de Almudévar y nos felicitaron por nuestra buena iniciativa.

»Era el tercer día de mi estancia en el frente, dos días terribles con los heridos. Los combates seguían y llegaron por fin refuerzos y una organización más adecuada. El cementerio seguía siendo el punto más delicado, se cogió, o mejor dicho se llegó a entrar, pero hubo que dejarlo, porque ya empezó la aviación facciosa a bombardear. Pero a pesar de nuestra poca experiencia y de nuestro poco armamento, de Huesca no salieron ni los fascistas ni el ejército rebelde.

»Más tarde, nuestras fuerzas las mandaba el coronel Villalba que se quedó fiel a la República.

»Federico Martínez Pérez, el que luego fue mi compañero y padre de mis hijos, estaba con la columna Durrutti muy cerca, a pocos kilómetros. Casi el mismo día fue herido en un muslo en la toma de Siétamo (Huesca) antes de ser elegido centurión y algunos meses después en la otra pierna en el carrascal d’Igriès, a 10 Km. de Huesca, cuando lo nombraron comandante de su batallón.

»Regresé a Barcelona con el propósito de hacer unos cursillos de enfermera, porque me sentía capaz de curar y de reconfortar en esos momentos tan críticos. Pero nada sucede como lo piensas, muchas veces sintiéndolo. Me tenían preparada otra actividad.

»Lo primero fue cuando consulté a Luis Cano Pérez, y me dijo: ‘Eso no debe preocuparte, ya hay quien se ocupa de los heridos, eso que tu acabas de vivir ya se está superando, ya se dispone de equipos, de médicos cirujanos y de ambulancias, incluso se ha puesto en marcha el servicio de recogida de sangre de la Generalitat de Cataluña. Ahora aquí serás más necesaria, porque no debemos olvidar la retaguardia. Necesitamos a compañeras y compañeros de confianza para todas las colectividades, planificar la economía, organizar centros para los niños’. Luis Cano Pérez era miembro del comité regional de la CNT y consejero municipal de defensa de Hospitalet, responsable de las Patrullas de Control, una de las figuras del movimiento obrero de Cataluña.

»En muy poco tiempo en Cataluña, el ejército, la policía, el estado se habían derrumbado y el pueblo dominado por las ideas anarcosindicalistas tenía las armas.

»Los compañeros de la CNT, de la FAI y de las Juventudes Libertarias y del POUM –pequeño partido comunista antiestalinista– organizaron las Patrullas de Control armadas para mantener el orden revolucionario.

 

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»Inventaron diferentes fórmulas de intercambios libres de productos entre diferentes colectividades, la moneda fue abolida en algunos lugares. La racionalización de la producción permitió a dos regiones sobrevivir en tiempos de guerra. Los obreros y empleados de Cataluña hicieron funcionar las fábricas, formaron comités y socializaron muchas industrias como la textil, la construcción, la metalurgia, convirtiendo algunas con urgencia en industrias de guerra. De la noche a la mañana se abrió un período en el que la revolución social, libre y auto gestionada, llegó a un nivel nunca alcanzado en la historia del mundo.

»Además de la expropiación de algunas industrias y su socialización según fórmulas diferentes, hubo las de los servicios, de los transportes, del agua y de la luz pero también de los espectáculos, peluquerías, panaderías, alimentación, etc. La salud y la medicina fueron también socializadas, lo que permitió por fin a toda la población el acceso a ellas y particularmente a los más desprovistos.

»En aquellos días se reorganizó la distribución de la ración de pan y había asambleas y discusiones. Finalmente, en una asamblea en el teatro Olimpia, se formó con los compañeros de la UGT el Comité Económico de la Industria del Pan, y fui elegida miembro de este organismo, puesto que ocupé mientras duró la guerra.

»Creo que mi breve estancia en el frente fue benéfica para todos. Mucho más tarde, en el 37, durante un permiso de Federico –mi compañero que luchaba en el frente de Aragón, en Los Monegros–, paseábamos por las Ramblas en Barcelona cuando unos jóvenes nos pararon y me dijeron: “¿No te acuerdas de nosotros? Pues nosotros sí que te recordamos, tú eres la chica que nos curó en la casilla de los peones camineros del cementerio de Huesca, y no te extrañes de no recordarnos, porque fuimos muchos a los que reconfortaste con tus cuidados, y suerte tuvimos que acompañaras al enfermero y le ayudaras.”

»Es con cierto orgullo que siento el honor de haber participado en esta página de la historia trágica de España”.

»Después de la pérdida de Barcelona a finales de enero 1939 huimos pasando la frontera francesa por los Pirineos. Los hombres fueron internados en los campos de concentración de las playas francesas y las mujeres, los niños y los ancianos nos pusieron en vagones cerrados y enviados sin saber el destino.

María Martínez Sorroche, la miliciana de los Aguiluchos, murió el 10 de noviembre de 2010 a los 96 años de edad.

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Libertad Ródenas nació en Chera, Valencia, en 1892. Su padre Custodio Ródenas, después de vivir en París y conocer los escritos de Voltaire, quedó ganado para el librepensamiento. Volvió a Valencia y se unió a Emeteria Domínguez y tuvo tres hijos: Volney, Progreso y Libertad. Durante el resto de su vida fue un firme propagandista de las ideas liberales.

Libertad ingresó con cinco años en una escuela laica, a la que asistió por poco tiempo. Era aquella una época de agitación política y social contra el régimen monárquico y contra el primer ministro Cánovas del Castillo. Libertad, ya con más años, comenzó a frecuentar los mítines y reuniones políticas y pronto participó en las controversias que se suscitaban adquiriendo una capacidad oratoria y expositiva muy importantes. Pronto habría de decantarse hacia la defensa de la idea anarquista y a partir de entonces multiplica su presencia en actos públicos y en los conflictos que se planteaban entre el capital y los obreros.

En 1918 se traslada con su familia a Barcelona y puede intervenir en el Congreso de la Confederación Regional de la CNT que tiene lugar en Sants. Posteriormente participa en giras de propaganda organizadas para exponer y explicar los acuerdos del Congreso y también para ayudar en la constitución de sindicatos en las localidades donde no existieran.

Durante una de estas giras conocerá a quien luego será su compañero, José Viadiu, militante confederal.

Su casa en Barcelona se convirtió en centro de reunión y de refugio de los perseguidos por parte de las autoridades. A nadie faltó cobijo. También sirvió como depósito de armas que habrían de usar como defensa ante los ataques del Estado y de sus mercenarios que por entonces y sobre todo en Barcelona proliferaban, donde no había día que militantes obreros no fueran encarcelados, deportados o asesinados. Martínez Anido, Arlegui y el llamado Barón Koenig y sus pistoleros hacían de la ley y de la justicia una sucesión de violencias y crímenes.

La familia Ródenas no quedó indemne; Volney y un primo llamado Armando fueron detenidos y una noche les fue aplicada la “ley de fugas”, quedando Armando tan malherido que habría de fallecer en breve; afortunadamente Volney pudo escapar ileso y ocultarse. En otro tiroteo también fue herido su otro hermano Progreso.

El 13 de diciembre de 1920, tras el atentado y muerte del policía Espejo, Libertad fue detenida y llevada a presencia de Arlegui en la jefatura de policía. Allí rechazó las insinuaciones de soborno para que abandonara su militancia. Esto le costó pasar tres meses en prisión.

Una vez liberada y en unión de Rosario Dulcet viaja a Madrid para dar una charla en el Ateneo denunciando el terror gubernamental que asola Barcelona y toda Cataluña.

Continuó con las giras propagandísticas por toda España, lo que le acarreaba arrestos y detenciones, como cuando fue recluida en Guadalajara por unas charlas que dio en compañía de Juan Peiró.

Libertad actuó en el grupo “Brisas Libertarias” de Sants con Rosario Segarra y luego con Rosario Dulcet, Miralles, García y otros. También habrá de participar en los comités pro-presos barceloneses.

Con el compañero Viadiu tuvo tres hijos y su militancia quedó suspendida por un tiempo.

En julio de 1936 salió con la Columna Durruti hacia Aragón, y en el frente participó como una miliciana más, igual al resto de sus compañeros. Se ocupó de la evacuación hacia Barcelona de los niños aragoneses sacados de los frentes de guerra.

Colaboró también en las actividades de Mujeres Libres y en su órgano de propaganda.

Al final de la guerra cruzó la frontera francesa, pudiendo más tarde establecerse en México, donde falleció en enero de 1970.

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En aquel verano de 1936 –escribe Helena Andrés Granel en “Transgrediendo las fronteras del género. Milicianas en la Guerra Civil española”– con la presencia de mujeres armadas en las calles y en un contexto de subversión del orden establecido, se forjaba el mito de la miliciana, símbolo de la resistencia antifascista. Ataviada con atuendos hasta entonces masculinos al “trocar sus vestiduras femeninas por el mono de la fábrica” y partiendo para las líneas de fuego, la miliciana desestabilizaba la identidad de género femenina, incorporando los “arrestos varoniles” en la acción bélica.

La imagen de la miliciana, que pobló durante los primeros momentos de la guerra los carteles de la propaganda republicana, fue más bien un símbolo de llamamiento a los hombres hacia la lucha que un verdadero prototipo femenino.

Todas las organizaciones sociales repitieron la consigna de que las mujeres tenían su puesto de lucha en la retaguardia, marcando una clara división de espacios de actuación en función del género.

Y fue efectivamente en la retaguardia donde las mujeres efectuaron su principal contribución al esfuerzo de guerra, incorporándose a la producción al ocupar los puestos de trabajo que los hombres dejaban vacantes en su desplazamiento al frente, así como en la realización de tareas de auxilio al combatiente, movilización femenina que fue canalizada principalmente a través de organizaciones de mujeres, entre las que destacaron la Agrupación de Mujeres Antifascistas, dependiente del Partido Comunista, o la anarquista.

La AMA, que tenía su origen ya en 1933, cuando nació bajo el nombre de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, pretendía movilizar a la población femenina en contra del fascismo aglutinando a mujeres de diversas tendencias ideológicas. Sus reivindicaciones estuvieron siempre enmarcadas en una política antifascista y de carácter popular, y si bien incluían en su programa la reivindicación de derechos para las mujeres, sus discursos en el periodo de guerra se basaron en los tradicionales papeles de género. Su presidenta, Dolores Ibárruri, ensalzaba el heroísmo maternal de las mujeres que, entendidas de un modo relacional, eran llamadas a la movilización política por un futuro mejor para sus maridos e hijos.

Pero incluso las anarquistas, agrupadas en torno a la Federación Mujeres Libres, que se habían caracterizado por su lucha específicamente feminista, abogando por una nueva concepción de la mujer como individuo autónomo y luchando por su emancipación en el seno de la revolución, aceptaron que “la verdadera mujer”, debía oponer a la violencia guerrera, “la delicada suavidad de su psicología femenina”, prodigando “cuidados maternales” a los soldados.

No todas acataron este mandato y muchas se alistaron voluntariamente en las milicias obreras creadas espontáneamente por partidos de izquierda y sindicatos. Sus motivaciones eran diversas desde la conciencia política hasta el deseo de acompañar a sus familiares. Pero incluso en el seno de la milicia, pervivió la división de roles de género.

Aquellas que combatieron “como hombres” constituyeron efectivamente una minoría, dedicándose las más de ellas al desempeño de tareas tradicionalmente femeninas tales como la cocina o la limpieza.

El 25 de julio de 1936, “Juventud”, órgano de las Juventudes Socialistas Unificadas, daba noticia de la formación de un batallón femenino en que las mujeres aprendían el manejo de las armas: “no quieren ser solo auxiliares, quieren ser una fuerza de choque […]. Todas me dicen que quieren ir al frente, que no quieren que se las emplee solo para la Cruz Roja ni cosas semejantes, que quieren combatir”. Mas si bien inicialmente la prensa había puesto como ejemplo a seguir a las mujeres que luchaban en la vanguardia con “arrestos varoniles”, elogiando sin reservas a aquellas que morían combatiendo al fascismo fusil en mano, muy pronto comenzarían a circular otro tipo de discursos. Ya a finales de agosto de 1936, este mismo periódico insistía en que “en estos momentos el papel de la mujer es ayudar al hombre, no suplantarle”, y propugnaba para las mujeres tareas, como la enfermería, más acordes a su supuesta naturaleza femenina, caracterizada por la sensibilidad.

Las mujeres habían tenido así su lugar durante un tiempo en la milicia revolucionaria, aquella milicia sin jerarquías ni disciplina militar, mas no lo tendrían ya en el ejército regular republicano. Los decretos del jefe del Gobierno republicano, el socialista Largo Caballero, de militarización de las milicias fueron acompañados de una orden de retirar a las mujeres de los frentes. Esta política fue además reforzada mediante discursos que las descalificaban arrebatándoles su condición de sujetos políticos y devolviéndolas al lugar que les correspondía en el orden patriarcal, al identificarlas con prostitutas que ponían en peligro la vida de los soldados propiciando la transmisión de enfermedades venéreas y que les restaban, en un inconveniente desgaste de energía sexual, energías para la batalla. Así lo sostenía, por ejemplo, Félix Martí Ibáñez que, al tiempo que elogiaba a una minoría de “obreritas” que combatían “sin perder su feminidad”, clamaba por la vuelta a retaguardia de “las románticas” y las que “deliberadamente aprovecharon tal oportunidad para mercantilizar su cuerpo” puesto que “la castidad masculina” es “la fuente de magníficas reservas energéticas” y la guerra, en definitiva, “una cosa de hombres”.

La anarquista Concha Pérez, quien también fuera miliciana, recuerda: “me pareció muy mal, porque el mismo derecho tenían ellas de estar en el frente que los hombres. […] La excusa que daban, porque yo luego he tenido amistad con Ortiz, y le decía: “bueno es que esto es el colmo, ¡que parta esto precisamente de libertarios!” Él dijo que tenía más bajas de enfermedades venéreas que de tiros […]. Ya seguidamente de esto, hubo las escuelas de guerra, entonces si alguna mujer entraba ya era con más dificultad, algunas ingresaron pero ya con muchas dificultades”. Parece ser que en las columnas anarquistas se dio, no obstante, una mayor tolerancia con respecto a la permanencia de las mujeres.

Algunas se resistieron a abandonar las trincheras, mas la mayoría regresaron a retaguardia. Se imponía así el discurso hegemónico de género que, en función de los significados de “varón” y “mujer”, entendidos en forma dicotómica y excluyente, les asignaba distintas aptitudes y espacios de actuación.

 

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