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Actualizada: 03 de Enero de 2.011.  

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  Periódico La Gaceta.


 Tenemos miedo a la libertad

  Por José Javier Esparza. La Gaceta, 26 de diciembre de 2010.

Dos recientes sentencias muestran cómo el Poder se arroga nuestros derechos y la mayoría calla

Unos ciudadanos españoles, padres de familia, plantearon su derecho a educar a sus hijos en casa. Esta semana, el Tribunal Constitucional fallaba que no hay tal derecho. Así, el poder decide, por su cuenta y riesgo, que sólo él está en condiciones de ejercer los derechos ciudadanos. Pocos días después, el Tribunal Supremo, también a instancias de unos padres de familia, declaraba que el español debe ser lengua vehicular en la enseñanza en Cataluña; pero los políticos nacionalistas y socialista, con un desahogo clamoroso, anunciaban su intención de pasarse la sentencia por el Arco de la Generalitat. Y otra vez el poder decide, por su cuenta y riesgo, que sólo él está capacitado para decir cuáles son nuestros derechos.

En cualquier otro país “de nuestro entorno”, como dicen los cursis, estas dos noticias habrían levantado una inmediata reacción ciudadana. En España, no. Entre nosotros, sólo unos pocos medios de comunicación –este que usted lee, por ejemplo- y algunas asociaciones civiles han clamado al cielo. Pero el cielo está encapotado por el conflicto de los controladores aéreos y las cábalas sobre la sucesión de Zapatero, de manera que la oposición política no ha encontrado tiempo para decir una palabra sobre el asunto. En cuanto a los ciudadanos, parecen demasiado ocupados jugando a la Lotería y estrujando la exhausta hucha para comer langostinos en Navidad. Y así vamos encontrándonos con que cada día somos un poco menos libres.

Mansedumbre ovina

Conviene subrayar la enorme importancia de esas dos sentencias, la del Constitucional y la del Supremo. La primera recoge un derecho de los ciudadanos, que es el derecho a la educación, le da la vuelta y lo convierte en un derecho del Estado contra los ciudadanos al imponer la escolarización obligatoria en el sistema oficial (sí, el mismo que viene fracasando estrepitosamente desde hace 30 años). La segunda, la del Supremo, recoge un derecho de los ciudadanos que viene bien clarito en el Constitución, lo exhibe y se topa con la abierta desobediencia de unos políticos dispuestos a retorcer el argumento, quemar la sentencia y, una vez más, arrebatar a los ciudadanos sus derechos. En un Estado de derecho normal, la Fiscalía General debería actuar contra los políticos que desobedecen una sentencia. Pero España no es un Estado de derecho normal.

El ámbito de la educación es particularmente relevante para este debate, porque es aquí donde más ha avanzado la injerencia del poder y donde menos se ha visto reacción alguna por parte de los perjudicados, esto es, los ciudadanos. El Gobierno Zapatero pudo imponer una asignatura abiertamente adoctrinadora, como Educación para la Ciudadanía con la complicidad del PP y ante la pusilanimidad de la jerarquía eclesiástica, sin otra resistencia que unas decenas de miles de padres objetores. Con la misma facilidad se está imponiendo ahora un tipo de educación sexual, comisariaza por el Ministerio de Sanidad, que no responde a motivos pedagógicos, sino a objetivos ideológicos. Y la gran mayoría silenciosa, más silenciosa que nunca, se deja cabalgar.

Lo más inquietante no es que un Gobierno intente meter en cintura a los ciudadanos: eso ha pasado siempre y se diría que está en la misma naturaleza del poder, que es como los gases y tiende a ocupar todo el espacio disponible. No, lo malo no es que el poder apriete, sino que el ciudadano se deje apretar. Los españoles están aceptando con una mansedumbre propiamente ovina las continuas interferencias del poder en su ámbito más íntimo y privado de soberanía. Se diría que no tenemos, colectivamente hablando, el menor aprecio a nuestras libertades. Estamos tan anestesiados, y de una manera tan profunda, que parecemos muertos. Quizá nos hayan hecho ya la eutanasia como nación.

El Poder se expande

En un libro célebre –quizá demasiado-, El miedo a la libertad, Erich Fromm puso en relación directa la libertad con la capacidad para prescindir de ciertas cosas que nos protegen.  Siempre es confortable buscar sólo seguridades, eludir el error y transferir la propia responsabilidad a otros, pero por ese camino uno termina siendo un esclavo de voluntades ajenas. Acepta la propia vulnerabilidad y desafiarla es una manera de ser libre. Arriesgarse a cometer un error es ser libre. Tomar en las manos el ejercicio de los propios derechos es ser libre. Es más duro, tal vez, pero también es mucho más gratificante. Ahora mire usted alrededor y pregúntese si los españoles de hoy, colectivamente hablando, le parecen gentes libres o no.

Lo curioso es que este retroceso de nuestra libertad real ha venido envuelto en una incesante salmodia de la libertad política. Desde los años de la Transición, aquí todo el mundo ha hablado sin parar de libertad. Pero la realidad es que hemos dejado al Estado que nos organice la vida, que nos provea el futuro, que nos asegure la existencia, que nos administre nuestros derechos … Y el resultado ha sido que el Poder ha engordado a nuestra costa. Si hoy la sociedad española parece tantas veces mortecina y anémica, incapaz de salir adelante por sus propios medios, es sin duda por esa exagerada dejación de responsabilidades personales y comunitarias en manos del poder. Y si usted cree que esto tiene que ver con nuestra lamentable situación económica, no se equivocará.

Dijo Tocqueville en algún lado que no hay libertad sin libertades, y el tropo dista de ser un trabalenguas. Este siglo ha conocido numerosos movimientos que enarbolaban la bandera de la Libertad, pero esa Libertad abstracta, cuando se hacía concreta, venía a significar que nadie podía escapar a ninguna parte. El predicador de la Libertad padece una cierta tendencia a enviarte al guardia de la porra en cuanto te sales del redil. Por eso es preciso hablar menos de Libertad y más de libertades reales y directas. Porque, si no, la libertad puede convertirse en una simple máscara del despotismo.

Las dos sentencias de esta semana sobre educación, la del Constitucional y la del Supremo, dan la medida de dónde estamos: el poder nos quita libertades, y la mayoría calla. Calla porque los españoles, colectivamente, tenemos miedo a la libertad.



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